Amar como Él nos ha amado

PERMANECED…

Jesús nos habla hoy de un mandato suyo, un mandato personal. Que amemos como Él nos ama. Que estemos en el Padre como el Padre está en nosotros. Que nos dejemos traspasar por su amor para expresarlo y expandirlo a nuestro alrededor.

Pero no nos propone que nos esforcemos para llegar al amor de Dios. Ni habla de algo que, si somos buenos ganaremos con nuestro esfuerzo personal: 

Jesús nos dice: Permaneced en mi amor.

Esta es la cuestión.

Permanecer significa quedarse donde ya se está. No es ir, ni es buscar ni conseguir, ni acceder trabajosamente. 

A estas alturas vamos a tener que seguir descubriendo que a Dios no tenemos que ganárnoslo, ni es mérito nuestro estar en su cercanía. Venimos de Él, y seguimos cerca cuando nuestros mayores nos enseñan su camino y nos facilitan su proximidad en nuestra vida cotidiana. Y permanecemos en Él cuando, ya mayores y por propia decisión, intentamos vivir a su manera…

En estos tiempos se valora, sobre todo, el esfuerzo personal y lo que cada uno vamos consiguiendo por nosotros mismos.

Y resulta revolucionaria la idea de que lo único que dará sentido real a nuestras vidas, es reconocer que lo más importante nos ha sido dado. No es cosa nuestra. Es cosa de Dios.

Nacemos en Su amor. 

No somos conscientes de la enormidad de esta verdad, porque si lo fuéramos no necesitaríamos hablar tanto de autoestima. Somos, cada uno, el único amor de Dios. Y podemos empeñarnos en lo que queramos, que nuestra función principal en este mundo es y será siempre trasparentar ese amor, ponerle rostro para nuestros prójimos, reflejarlo y amplificarlo para que llegue a todos. Sobre todo a los que más difícil tienen lo de sentirse favoritos del Padre.

Permanecer tiene también un significado activo, que lo aleja de sinónimos como apalancarse, apoltronarse, afincarse y aguantar. Permanecer suena a poder marcharse, pero elegir seguir. A mirar alrededor, enterándose bien de lo que hay por ahí afuera, y decidir atenerse a la previa decisión. A no cambiar de barco a mitad de travesía. A persistir, trabajar y esperar.

Permaneció María en su quehacer de madre, sin dejarse apabullar por sus dudas.

Permaneció el padre del hijo pródigo, mirando cada día el horizonte por si veía venir al hijo.

Permanecemos nosotros cada vez que elegimos quedarnos cerca de Dios, o lo que es lo mismo, cerca de los que nos necesitan.

Permanezcamos en el empeño del amor, de la paciencia que no exige ver los frutos, del trabajo constante y callado, de la espera esperanzada.

Permanezcamos en Él como Él permanece en nosotros. Dejemos al Padre que llevamos dentro manifestarse en la Madre que todos podemos ser para nuestros hermanos y hermanas.

Para ser agentes activos de trasformación y dar los frutos de vida que la sociedad reclama a los seguidores de Jesús, el Evangelio nos sugiere una actitud fundamental,

permanecer en Jesús y un elemento que nos permite estar adheridos a Él: El amor.

“Nadie tiene más amor que el que da la vida por sus amigos.”

¡Ojalá pudiera tener más discípulos y amigos de verdad!

¿Ya lo soy yo? ¿Ya lo eres tú?  

 

 

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