“En aquel tiempo, contaban los discípulos lo que les había pasado por el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan. “

El camino, es mi Aquí y AhoraMi hoy donde Jesús Resucitado viene a encontrarse conmigo. Y, en este caminar, muchos signos dejan transparentar su presencia “invisible a los ojos”

¡Experimentar la alegría del encuentro con una hermana, con un hermano, con la comunidad, con la familia para hablar de Él…! 

  

Es una respuesta a la invitación:“Sereis mis testigos…” 

Como los apóstoles, también yo me quedo asombrado, asombrada, ante el cuerpo de Cristo Resucitado… Me resisto a creer… Aunque una alegría interior empieza a brotar de mi corazón... sin saber aún por qué…

 

 Sin palabras para decir lo indecible…

Entiendo muy bien el miedo y el asombro de los discípulos… ¿Cómo reconocerte, a Ti, Señor, en este mundo nuestro, en nosotros? ¿Cómo no estar confundidos, invadidos como estamos, por este río incesante de pensamientos y de ideas, de imágenes que deforman tu rostro, que nos quitan tu Paz y nos ocultan tu Presencia?

¡Señor Jesús, danos la fuerza de poder ver Tus manos y Tus pies!

¡Qué podamos tocarte!

¡Danos la fe, danos Tu Paz!

 

 

Jesús les dice: «¡La paz esté con vosotros!»

“Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras.”

Ya antes de su resurrección Jesús nos pidió creer contra toda esperanza… Creer sin saber, sin comprender, sin ver… sin tocar… Y mirar «con el corazón»

Como los apóstoles, también nosotros estamos invitados a encontrarlo en medios de nosotros y a tocarlo… 

En las heridas y dolores de nuestros hermanos…

En su cuerpo eucarístico…

                              

Mirad y tocad mis manos y mis pies… comed y bebed… ¡Soy yo!”

Y ADORARLO VIVO Y VIVIFICANTE ENTRE NOSOTROS ¡SOY YO… NO TENGÁIS MIEDO!

 

Oramos con Santa Rafaela María

He contemplado, Señor, el mundo, obra tuya, y a los hombres,

que llevan marcada en la frente tu propia imagen.

Y comienzo mi oración ante tu Presencia, Presencia Eucarística de Resucitado.

                                                “Esto es mi Cuerpo”, dijiste en la última Cena, para anunciar tu amor hasta la muerte.

                                                “Esto es mi Cuerpo” dices ahora,

                                                y me remites a tus imágenes humanas,

                                                al conjunto de tus hijos, marcados para siempre con un sello divino.

Aunque lo olvido muchas veces,

ellos también son tu Cuerpo.

Quiero adorarte, Señor.

                                                Y quiero amarte en tus hijos extendidos por el ancho mundo.

                                                Voy a hablarte de ellos;

                                                tal vez así llegue al convencimiento de que son parte de Ti,

                                                parte, también, de mí.

Pongo ante Ti, Señor, a mis hermanos:

Que los recuerde siempre con sus preocupaciones, sus alegrías y dolores,

con sus avances y sus tropiezos.

                                                Hazte presente a ellos,     

                                                para que ellos se acerquen a Ti,

                                                para que te contemplen y se vean como imágenes tuyas.

 

 

Ensancha, Señor, mi corazón.

-en el tuyo hay anchura, profundidad, altura...-

Quiero que vengan conmigo hasta Ti.

 

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