El espíritu de la Pascua.

La presencia del Resucitado en medio de sus discípulos les hace pasar del miedo y de las dudas a la alegría y la paz interior:

El Resucitado no viene solo: Viene con su Espíritu que nos acompañará en la misión a la que somos enviados…

En el Evangelio de este 2º Domingo de Pascua, san Juan nos cuenta una aparición de Jesús la tarde del primer día de la semana, es decir, el domingo de Pascua. Los apóstoles están encerrados. Se esconden porque tienen miedo de ser buscados y condenados a muerte como su Maestro.

  • Nosotros también conocemos este miedo… Caminar siguiendo a Jesús comporta un riesgo. A veces, cuando queremos afirmar nuestra fe, nos exponemos a algunas humillaciones o a la indiferencia…

Pero Jesús se encuentra con sus amigos en su cerrazón… y también sigue acercándose a nosotros en nuestras oscuridades y miedos.

Sus primeras palabras son de Paz. Después de todo lo que han vivido Él quiere calmarlos, consolarlos. Esta paz es la alegría del reencuentro, del perdón, de la reconciliación. Y los envía en Misión…

Este Jesús que se manifiesta a los apóstoles es el mismo al que ellos han seguido durante tres años… Pero vuelve transfigurado por la Resurrección. Cuando lo reconocen con los ojos de la fe… el miedo se esfuma y S. Juan nos dice que

“se llenaron de alegría”.

  • Esta alegría es la que nosotros también experimentamos durante este tiempo de Pascua. Jesús Resucitado está ahí… se hace presente en el corazón de nuestra vida… de nuestras penas y de nuestras pruebas. Y sólo estando cerca de Él, experimentamos la verdadera alegría. Sabemos, que desde ahora, Nada ni Nadie nos puede separar de su amor. Este encuentro con Cristo Resucitado en el que Él ha tomado la iniciativa… Cambia nuestra existencia para siempre.

Por eso también nosotros somos testigos de la Resurrección y, por tanto, invitados a ser portadores de su amor.

«¡Hemos visto al Señor!»

Este Evangelio también nos presenta el encuentro de Jesús resucitado con Tomás, quien con su incredulidad nos ayuda a consolidar nuestra adhesión a Jesús, con una profesión de fe muy clara:

"¡Señor mío y Dios mío!"

“Cada uno de nosotros puede ser tentado por la incredulidad de Tomás. El dolor, el mal, las injusticias, la muerte, especialmente cuando afectan a los inocentes - por ejemplo, los niños víctimas de la guerra y del terrorismo, de las enfermedades y del hambre-, ¿no someten quizás nuestra fe a dura prueba? No obstante, justo en estos casos, la incredulidad de Tomás nos resulta paradójicamente útil y preciosa, porque nos ayuda a purificar toda concepción falsa de Dios y nos lleva a descubrir su rostro auténtico: el rostro de un Dios que, en Cristo, ha cargado con las llagas de la humanidad herida.

“Sus heridas os han curado” (1 P 2,24), éste es el anuncio que Pedro dirigió a los primeros convertidos. Aquellas llagas, que en un primer momento fueron un obstáculo a la fe para Tomás, porque eran signos del aparente fracaso de Jesús; aquellas mismas llagas se han vuelto, en el encuentro con el Resucitado, pruebas de un amor victorioso. Estas llagas que Cristo ha contraído por nuestro amor nos ayudan a entender quién es Dios y a repetir también:

“Señor mío y Dios mío”.

Sólo un Dios que nos ama hasta cargar con nuestras heridas y nuestro dolor, sobre todo el dolor inocente, es digno de fe.

(Mensaje pascual de Benedicto XVI - Domingo 8 de abril de 2007)

 

Aleluya de la tierra (Brotes de Olivo): 

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