Quitad esto de aquí, no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre.

Con la mirada hacia la Pascua, hago un alto en el camino cuaresmal.

No tengo prisa, permanezco conmigo misma, escucho mis sensaciones y dejo que lleguen a mí algunos gritos del mundo complejo y ambiguo en el que vivo.

Despierto suavemente el deseo de escuchar desde el interior aquello que la Palabra de Dios quiere sugerirme durante esta semana.

Entro en el templo con Jesús y escucho sus palabras.

Me admira el estilo fascinante del Maestro. Parece que no actúa con sentido común, está poniendo en peligro su vida. Ciertamente no es políticamente correcto y parece que no mide sus palabras: ¡quitad esto de aquí, no convirtáis en mercado lo que es de Dios!

Cada vez más vulnerable ante los ojos de los enemigos, abocado a la soledad y a la crítica, expuesto también a sus propios demonios internos. Es más fácil dejarse llevar por las mayorías, olvidando la propia coherencia interna, gloria a cambio de libertad.

          Me siento desconcertada y me pregunto en qué nivel de integridad estoy viviendo mi día a día.

Veo claro el motivo que lleva a Jesús a actuar desalojando a los vendedores, pero me resulta más difícil reconocer las maneras absurdas con las que yo, a veces inconscientemente, intento manipular la Palabra de Dios para mi prestigio o provecho, para mi seguridad o justificación, para mi gratificación o necesidad de impresionar….

          Puedo dejar un tiempo para reconocer los engaños que me amenazan, que intentan bloquear el poder vital de Dios en mí.

También intuyo que El quiere llevarme más adentro en el Misterio de su Padre, que late y se expresa en todo. Me invita a descubrir lo que significa adorar en simplicidad, en espíritu y en verdad.

          ¿Cuál es mi actitud ante el Misterio? ¿Cuál es mi mercado?

          ¿Qué me conviene desalojar, quitar en mí, para disfrutar de la presencia de Dios y dejarle actuar?

                    Líbrame, Señor, de la tentación del mercado.

                    Recuérdame al oído que soy templo de tu Espíritu,

                    ¡Espíritu de libertad que libera!

Convierte mi corazón,

Hasta que me haga pan, hasta que seas mi paz,

hasta que pueda entregar mi vida por los demás.

 

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