Como Jesucristo, obligados a huir

La invitación del Papa francisco para esta Jornada, es “pararnos”, “acoger”, “comprender”, ”escuchar”…hacerse prójimo para servir… ¡dispón tu corazón!

¡Escucha!, acoge…”ve” sus rostros…

MÁS DE 41,3 MILLONES DE DESPLAZADOS INTERNOS EN TODO EL MUNDO. Los Desplazados Internos son las personas en movimiento, vulnerables y olvidadas, de nuestra época. Se han visto forzados a huir, a abandonar sus hogares o lugares de residencia habitual, sobre todo como resultado de o para evitar los efectos de conflictos armados, situaciones de violencia generalizada, violaciones de derechos humanos o desastres naturales o provocados por el hombre, pero que no han cruzado la frontera de un Estado reconocido a nivel internacional.

¡Escucha!…¡acoge!…

Acoger a todas esas personas que se ven obligadas a huir. Acoger al que necesita un nuevo hogar. Acoger con una palabra, un beso, un abrazo, un “bienvenidos”. Acoger con la escucha, con “estar cerca”. Seguro que conocemos a alguna persona desplazada o a algún refugiado o a alguna persona que se ha visto “obligada a huir” de su lugar de origen. Trae a esta persona a tu corazón mientras escuchas esta canción.

Del Mensaje del Papa Francisco para la Jornada: Por ello, decidí dedicar este Mensaje al drama de los desplazados internos, un drama a menudo invisible, que la crisis mundial causada por la pandemia del COVID-19 ha agravado. De hecho, esta crisis, debido a su intensidad, gravedad y extensión geográfica, ha empañado muchas otras emergencias humanitarias que afligen a millones de personas, relegando iniciativas y ayudas internacionales, esenciales y urgentes para salvar vidas, a un segundo plano en las agendas políticas nacionales. Pero «este no es tiempo del olvido. Que la crisis que estamos afrontando no nos haga dejar de lado a tantas otras situaciones de emergencia que llevan consigo el sufrimiento de muchas personas». A la luz de los trágicos acontecimientos que han caracterizado el año 2020, extiendo este Mensaje, dedicado a los desplazados internos, a todos los que han experimentado y siguen aún hoy viviendo situaciones de precariedad, de abandono, de marginación y de rechazo a causa del COVID-19.

Cuando se marcharon, un ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: —Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y quédate allí hasta que te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo. Se levantó, todavía de noche, tomó al niño y a su madre y partió hacia Egipto, donde residió hasta la muerte de Herodes. Así se cumplió lo que anunció el Señor por el profeta: Llamé a mi hijo que estaba en Egipto. Entonces Herodes, al verse burlado por los magos, se enfureció mucho y mandó matar a todos los niños menores de dos años en Belén y sus alrededores; según el tiempo que había averiguado por los magos. Así se cumplió lo que anunció el profeta Jeremías: Una voz se escucha en Ramá: llantos y sollozos copiosos, es Raquel que llora a sus hijos y rehúsa el consuelo porque ya no viven. A la muerte de Herodes, el ángel del Señor se apareció en sueños a José en Egipto y le dijo: —Levántate, toma al niño y a su madre y regresa a Israel, pues han muerto los que atentaban contra la vida del niño. Se levantó, tomó al niño y a su madre y se volvió a Israel. Pero, al enterarse de que Arquelao había sucedido a su padre Herodes como rey de Judea, temió dirigirse allá. Y avisado en sueños, se retiró a la provincia de Galilea y se estableció en una población llamada Nazaret, para que se cumpliera lo anunciado por los profetas: Será llamado Nazareno

(Mateo 2, 13-23).

En la huida a Egipto, el niño Jesús experimentó, junto con sus padres, la trágica condición de desplazado y refugiado, «marcada por el miedo, la incertidumbre, las incomodidades (cf. Mt 2,13-15.19-23). Lamentablemente, en  nuestros días, millones de familias pueden reconocerse en esta triste realidad. Casi cada día la televisión y los periódicos dan noticias de refugiados que huyen del hambre, de la guerra, de otros peligros graves, en busca de seguridad y de una vida digna para sí mismos y para sus familias». Jesús está presente en cada uno de ellos, obligado —como en tiempos de Herodes— a huir para salvarse. Estamos llamados a reconocer en sus rostros el rostro de Cristo, hambriento, sediento, desnudo, enfermo, forastero y encarcelado, que nos interpela (cf. Mt 25,31-46). Si lo reconocemos, seremos nosotros quienes le agradeceremos el haberlo conocido, amado y servido.

Se trata de un reto pastoral al que estamos llamados a responder con los cuatro verbos que señalé en el Mensaje para esta misma Jornada en 2018: acoger, proteger, promover e integrar. A estos cuatro, quisiera añadir ahora otras seis parejas de verbos, que se corresponden a acciones muy concretas, vinculadas entre sí en una relación de causa-efecto:

Conocer para comprender (Lc 24,15-16)
Hacerse prójimo para servir (Lc 10,33-34; Jn 13,1-15)
Escuchar para reconciliarse (Jn 3,16-17)
Compartir para crecer (Hch 4,32; Jn 6,1-15)
Involucrar para promover (Jn 4,1-30)
Colaborar para construir (1Cor 1,10)

¿Cómo suenan en tu corazón estos “verbos”… te atreves a “conjugarlos”?
¿Te implicas y complicas?

Ocuparnos más, pero mucho más, de los intereses de Jesús (Santa Rafaela María)